Esquí de Fondo – Finlandia 2019 – De Madrid a Hossa

Viaje desde Madrid hasta el corazón del Parque Nacional de Hossa, situado entre Kuusamo y Suomussalmi en la provincia de Kainuu, con parada Helsinki.

En esta tercera incursión en el territorio norte de Finlandia, decidí hacer una parada como es debido en su capital, Helsinki.

Las otras dos veces (la de 2014 y la de 2016) había hecho ya un par de visitas exprés a esta fría ciudad, pero me apetecía pasar una noche, pasear con calma por sus calles y  empaparme un poco más de la atmósfera que se respira.

El viaje lo empecé, como suele ser habitual, en Pamplona. En vez de alojarme una noche en Madrid como la última vez, cogí el autobús nocturno que sale a la 1 de la mañana y llega a la T4 de Barajas a las 06.30. Desde ahora le llamaré “El Autobús del Mal“.

Y eso que el trayecto recíproco (saliendo de la T4 a la una y pico y llegando a Pamplona a las 6 y pico) lo había hecho ya varias veces, pero es que el autobús que me tocó después del transbordo en Soria fue un horror: ¡No había sitio ni para tener las piernas flexionadas!

Y eso que yo mido 1,78 m… ¡Llego a ser más alto y tengo que ir de pie! Al final, no pude dormir casi nada en el segundo trayecto, por lo que llegué tan zombie a la T4 que tuve un momento de lapsus que me hizo acordarme de todos los demonios del infierno.

Tres años atrás había salido de la T4, lo que tiene todo el sentido del mundo pues Finnair es socia de Iberia; pero al llegar quise cerciorarme y en la confirmación de la compañía leí T2. “Qué raro…”, pensé, pero bueno, cogí el autobús que comunica las terminales y me fui hasta la T2.

Al llegar, mi vuelo no aparecía por ningún lado en las pantallas. Volví a leer la confirmación y… ¡Bingo! La T2 era la terminal a la que iba a llegar a Helsinki, y mi salida desde Madrid era, en efecto, en la T4. ¡Demonios demonios!

Tuve que coger el autobús una vez más y volver a la T4. Está claro que da igual toda la experiencia que uno tenga viajando… ¡Siempre hay tiempo para meter la pata en la tontería más grande!

Ya bien ubicado, facturé la mochila y los esquís y me fui a desayunar a una cafetería después de pasar todos los controles.

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Preparación de los esquís para el viaje

El vuelo fue muy cómodo (como siempre que he volado con Finnair). Aproveché para dormir y las 4 horas se me pasaron en un periquete.

Al aterrizar recogí mis bártulos y me fui hasta el centro en tren (5€ billete de ida).

¡Otra vez en la capital! Eran casi las cinco de la tarde, así que fui directo al hostal que tenía reservado para descargar las cosas.

Me gustó mucho el sitio. Se llama Hostel Diana Park y, para los precios que se manejan en Finlandia, tampoco está tan mal. Pagué 30€ por una cama en un dormitorio de 5 camas. Estaba todo muy limpio, la cama era supercómoda y el personal muy amable.

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Calles de Helsinki

Tenía hambre y ganas de moverme después del autobús y el avión. Me enfundé el gorro y la bufanda, cogí los guantes y puse rumbo a la zona del puerto. La verdad es que la temperatura era bastante suave (unos 3 grados positivos).

El día estaba nublado pero había una luz bonita y las vistas de la puesta de sol desde lo alto del Parque Kaivopuisto eran magníficas.

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Nunca había pasado por ese parque. Las otras dos veces que paré en la ciudad no tuve más que unas pocas horas, por lo que no había tenido tiempo para callejear sin rumbo (y casi sin sentido), que es de lo mejor para descubrir una ciudad.

Estaba todo (salvo las carreteras) bastante nevado y/o congelado. Aun así, la gente se aventuraba igualmente a pasear por los parques a pesar del riesgo para la estabilidad.

Cuando se puso el sol, seguí caminando junto al mar hasta llegar a la zona del ayuntamiento (Helsingin Kaupunki), adornada por un barquito y la vista de la cúpula de la catedral.

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La verdad es que en ese momento lo que tenía era un agujero en el estómago que amenazaba con hacer estragos. Me dirigí a una de las calles principales buscando un sitio no muy caro en el que poder tomar una pizza o algo así. Pronto encontré un Pizza Hut donde me prepararon una pizza bien gorda con queso, rúcula y tomate natural.

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Helsinki Art Museum (HAM)

Volví al hostal para coger el polar por si refrescaba por la noche y para dejar preparada la ropa para dormir. Tenía pensado volver “tarde” (sobre las 11 y pico de la noche) porque había comprado una entrada para ir al cine.

¡Me encanta ir al cine en otros países! Las películas son una de las pasiones que más tiempo me ha acompañado en mi vida (junto con viajar), e ir al cine en otros sitios siempre resultó ser una buena experiencia.

Además, por la noche tenía pinta de que iba a refrescar bastante, así que me pareció un buen plan para finalizar tranquilamente un día tan largo.

Tuve suerte y la sala que elegí estaba muy cerca de mi hostal (Finnkino Tennispalatsi). La película en cuestión (Alita: Battle Angel) estaba en una sala llamada “isense” que resultó ser un pasote. ¡Menudo tamaño y calidad de imagen y de sonido! Bueno, el precio también fue un pasote (casi 18€, pero valió la pena).

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¡Pedazo salas se gastan los finlandeses!

Volviendo por la noche al refugio del hostal, pasé por un bar que me llamó la atención: bar “Los Cojones” con Estrella Galicia. Si es que… esto de la globalización es un no parar.

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Producto nacional xD

Al día siguiente me levanté a eso de las 9. Dejé la mochila en recepción, hice el check-out y me fui a pasear de nuevo por el centro.

El día era muy distinto al anterior. Cielo azul pero bastante fresco (unos -5ºC). Al principio seguí un recorrido parecido al que había hecho horas antes: crucé por el parque congelado haciendo pseudo-patinaje sobre hielo y me dirigí a la zona del ayuntamiento.

Quería entrar al Mercado Viejo (Vanha Kauppahalli) porque había leído que era muy bonito, pero estaba cerrado.

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Mercado viejo de Helsinki

Unos pasos más adelante tenía exactamente la misma estampa que el día anterior, pero con el colorido destacado gracias a la luz del sol. Dos realidades para un mismo sitio: ¡las dos interesantes y cada una con su propio encanto!

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El ayuntamiento soleado

Recordé que en 2014, cuando pisé Helsinki por primera vez, era más o menos la misma fecha y el mar estaba totalmente congelado. En cambio ahora, y a pesar del frío, quedaban solo algunos témpanos flotantes en los que los patos descansaban tranquilamente.

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Está claro que el calentamiento global llega a todas partes… ¡Qué horror!

Seguí mi camino junto al mar con vistas a la Catedral Uspenski (Uspenskin Katedraali). Construida en la segunda mitad del siglo XIX, es la sede principal de la Iglesia Ortodoxa en Finlandia. Está situada sobre una colina y recuerdo su interior como muy interesante, pero estaba cerrada (supongo que era muy temprano aún).

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Ya la había visitado en 2014, así que me paré un poco para contemplar el edificio y puse rumbo directo a un merecidísimo (o no, pero da igual) desayuno.

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Catedral Uspenski

Una de las chicas de recepción me había recomendado una cafetería italiana junto a la catedral (Signora Delizia), y estuvo totalmente acertada.

Yo le había preguntado por un sitio tranquilo donde pudiese tomar un buen chocolate y algún bizcocho o pastel, y no dudó en enviarme a este pequeño “recuncho” de Helsinki.

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La cafetería es muy pequeña pero muy acogedora. El dueño es muy agradable y he de decir que todo lo que tomé estaba delicioso. ¡Totalmente recomendable!

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Al salir, fui directo a la “otra” Catedral de Helsinki, que estaba a tiro de piedra (la verdad es que es una ciudad muy cómoda para recorrerla a pie sin ninguna prisa).

En este caso, estaba ante la Catedral Evangélica Luterana de Finlandia (y porque ya no quedaban más adjetivos que ponerle).

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¡Geometría y Simetría por doquier!

Se construyó en la primera mitad del siglo XIX y destaca por su color blanco, su perfecta simetría y sus bonitas formas geométricas.

Destaca mucho más el edificio en sí (y su ubicación mirando a la plaza) que su interior, que es bastante sencillo. Lo que sí que me gustó fue el órgano.

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Ya se me estaba acabando el tiempo y me quedaba un sitio por el que quería pasar antes de volver al hostal a por mis cosas: La Kampin Kapelli (Capilla Kamppi). De camino, paré junto a uno de mis edificios favoritos de la ciudad: la estación de tren.

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¡Fabulosa!

No sé si es ese aire gótico-tenebroso al estilo Gotham City de Batman que tiene o qué, pero me fascina.

En la plaza de su derecha había un recinto preparado para hacer patinaje sobre hielo, y aunque me planteé por un momento volver a probar, decidí no hacerlo para evitar lesionarme justo antes de empezar la ruta de esquí. ¡Era lo que me faltaba!

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La Capilla Kamppi, o “Capilla del Silencio” es un edifico moderno y muy curioso que, desde fuera, parece cualquier cosa menos una capilla.

Parece ser que se diseñó y construyó con la idea de ser un lugar en el que detenerse y relajarse en una de las zonas con más ajetreo de Finlandia.

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Modernidades nórdicas

El edificio es muy interesante, pero si algo he sacado de todas mis visitas a este país es que “ajetreado” no es precisamente una palabra con la que describirlo.

Ya con el tiempo agotado, volví a por mi mochila y mis esquís y me fui al aeropuerto a coger el vuelo a Kuusamo (en el noreste del país, justo haciendo frontera con la línea que delimita la Laponia Finlandiesa) que tenía a las 4 de la tarde.

Fue un vuelo muy corto (70 minutos) pero con unos paisajes sublimes.

Creo que tuve bastante suerte porque se juntó la hora (puesta de sol), con el cielo despejado y los campos nevados.

Desde que despegamos no pude apartar la vista de la ventana. La panorámica al principio era de pequeñas ciudades rodeadas de nieve, pero poco a poco fue evolucionando…

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… hasta sobrevolar por encima de unas nubes pasajeras…

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… y llegar al paisaje dominado por naturaleza 100% con la línea de color de la puesta de sol dibujándose en el horizonte.

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¡Qué vuelo tan bonito! Me alegré mucho de haberme decidido por ese horario y no por el vuelo que salía tres horas más tarde (que es por el que se han decantado el resto de miembros de mi grupo al parecer).

Al igual que el de Ivalo o el de Kittilä, el aeropuerto de Kuusamo es de juguete.

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Aeropuerto de Kuusamo

No tardé nada en tener conmigo mi mochila y mis esquís, así que salí directo al autobús que comunica el aeropuerto con el Kuusamon Tropiiki Holiday Club. Fueron 7€ por 4 km de trayecto (¡toma esa!), pero valió la pena. El sitio tiene unos sofás muy cómodos en los que me relajé mientras esperaba a que me recogiesen.

La otra opción era quedarme esperando en el aeropuerto, lo cual me daba bastante pereza.

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Temperatura exterior y la curiosa distancia de 666 km

A las 21.15, como habíamos acordado, pasaron los de Upitrek (con los que había contratado la travesía) a recogerme. Había ya unas cuantas personas en el autobús, y volvimos hasta el aeropuerto a recoger a otros tantos.

Estábamos en total 22. La mitad éramos el grupo de esquí y la otra mitad eran un grupo que iba a hacer un circuito de raquetas.

Tardamos algo más de una hora en llegar hasta nuestra casa de la primera noche, en Rajakartano, un antiguo puesto fronterizo remodelado y situado junto al lago Hossanlahti en el Parque Nacional de Hossa (a medio camino entre Kuusamo y Suomussalmi).

Allí conocimos al que iba a ser nuestro guía, Urpo, y nos sentamos por primera vez todos juntos en la mesa de la cena: 1 gallego, 1 francesa, 1 danesa, 1 austriaca, 2 alemanes y 5 ingleses. ¡Esto sí que es diversidad y no lo de la última vez!

Es imposible igualar la compañía de Carles, Tomás, Eva e Íñigo, pero desde luego no tendrá nada que ver con la ranciedad del grupo alemán de la segunda. Todo pinta, por ahora, muy bien.

Como era tarde (las 11 de la noche) nos fuimos rápido a la cama para recargar energías para lo que parecía que iba a ser una semana de esquí muy entretenida…

… ¡Y muy fría! Esa primera noche la pasamos a 32 bajo cero.

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Predicción del tiempo para la semana dos días antes de iniciar el viaje

¡Mañana empieza la verdadera aventura!

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