Laos 2019 – Etapa 4 – Vang Vieng y El Karst

Cuando viajas con itinerario más abierto nunca sabes qué es lo que más te va a sorprender. A nosotros Vang Vieng, que en principio teníamos en la lista de descartes y decidimos visitar en el último momento, nos aportó todo lo que buscábamos: paisajes preciosos, tranquilidad (aunque parezca increíble) y posibilidad de hacer actividades muy diferentes. ¡Es una zona que da para mucho!

El Tubing: La Leyenda Negra de Vang Vieng

Vang Vieng era una pequeña ciudad a la orilla del río Nam Song hasta que, hace un par de décadas, empezó a transformarse debido a la llegada de miles de mochileros en busca de fiesta, diversión… y tubing. De hecho, el tubing de Vang Vieng era la razón principal de muchos de estos viajeros para visitar Laos.

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En Vang Vieng no todo es río y Tubing…

El tubing en sí no era un problema. Consiste en dejarse llevar por la suave corriente del río en una especie de flotador enorme con forma de rueda. Lo que ocurrió fue que, a esta actividad, se le sumó rápidamente un consumo desenfrenado de drogas y alcohol. Parece ser que incluso en algunos de los bares/puestos que había montados cerca del río tenían también carta de drogas y te la mostraban abiertamente sin ningún tipo de problema.

Todo esto sumado a tirolinas improvisadas y, en ciertos momentos del año, poco caudal del río, llevó a la propia actividad al desastre.

Solo durante el año 2012 se registraron docenas de muertes de turistas, lo que llevó finalmente al gobierno a tener que intervenir. Cuentan que el propio presidente fue a ver qué era lo que ocurría en Vang Vieng y quedó horrorizado al comprobar que, sumado a todo lo anterior, la mayoría de los tugurios ni siquiera tenían licencia.

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La riqueza natural de la región es impactante

Así que la mayoría de clubs y bares que se habían ido formando a orillas del río fueron cerrados, gran parte de las tirolinas desmanteladas y el propio tubing prácticamente prohibido.

En la actualidad, y desde hace un par de años, la cosa está muchísimo más tranquila. Gente de todas las edades y tipos vuelven a visitar Vang Vieng, y el tubing puede hacerse tranquilamente como una actividad más sin el factor “vorágine” que la caracterizaba hace algo menos de una década.

Nosotros queríamos disfrutar del entorno, y conseguimos descubrir un Vang Vieng mucho más tranquilo y relajado que incluso la mejor de nuestras expectativas.


Cómo Llegar y Dónde Alojarse

Llegar a Vang Vieng no va a suponer nunca un problema. Es una de las zonas turísticas más explotadas del país (y con motivo) así que está conectada por carretera con prácticamente cualquier otro punto del país: Vientiane, Luang Prabagn, Phonsavan, Thakhek, Si Phan Don… e incluso hay autobuses que van a Bangkok.

Nosotros como veníamos de Phonsavan llegamos en una minivan que compartimos con la pareja de americanos que había hecho el tour del Plain of Jars con nosotros y otra gente. Nos costó (150.000 Kip) y tardamos 6 horas en llegar.

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Volar en globo es una de las actividades más típicas de Vang Vieng

En cuanto al alojamiento, hay muchísima variedad en función del tipo, precio y ambiente que se esté buscando: hoteles, hostales, albergues, cabañas, bungalows…

Pero si lo que se busca es un sitio lo suficientemente cerca de la ciudad pero, a la vez, algo alejado como para estar tranquilo, lo mejor es alojarse en el lado oeste del río Nam Song.

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El río divide Vang Vieng en dos partes

Nosotros optamos por la Maylyn Guesthouse, formada por varios bungalows independientes con baño, bastante rústicos pero a la vez cómodos y bonitos, y con un entorno de infarto.

La noche nos salió a 140.000 Kip por el bungalow entero, y además toda la comida que encargamos estaba bastante buena.

No solo el propio recinto del guesthouse era precioso, sino también los alrededores, ideales para dar paseos cortos sin gente y con muy buenas vistas.

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El entorno de la guesthouse

Para completar lo ideal del sitio (al menos para mí, claro), hay varios gatos muy cariñosos en los jardines de los bungalows.

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Había una en concreto (a la que llamé Cat Vieng) que venía todas las noches a llamar a la puerta para que la dejásemos pasar un rato.

¡Qué maja! Me la hubiese traído de vuelta conmigo 😕


Vang Vieng por el Aire

Lo que definitivamente nos dio el último empujón para decidir ir a Vang Vieng, fue la posibilidad de montar en globo aerostático.

Un hombre alemán que había conocido en Myanmar y que había viajado muchas veces por Laos me había recomendado una empresa muy seria y profesional. Así que, como era algo que ninguno de nosotros dos habíamos hecho nunca, no lo dudamos demasiado.

Above Laos

La empresa en cuestión se llama Above Laos y la llevan unos franceses que, curiosamente, son descendientes directos de los que inventaron el viaje en globo. ¡Qué cosas!

Hay otra empresa en Vang Vieng (china, por supuesto) que hace también viajes en globo por menos precio (80€ frente a los 110€ de Above Laos, aproximadamente), pero son experiencias muy diferentes.

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Preparando el despegue

Para empezar, los de Above Laos tienen únicamente 2 globos de 4 y 8 plazas únicamente, por lo que están muy bien mantenidos y cumplen todos los estándares de seguridad europeos. Los globos de la empresa China son más dudosos y suelen subir a más gente.

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Disfrutando de las alturas desde el globo

Por otro lado, la zona en la que se hace la actividad es también muy importante, y la empresa francesa eligió una ubicación preciosa para ver tanto el amanecer (si se elige esa franja horaria) como el paisaje kárstico que tanto caracteriza a Vang Vieng.

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Vang Vieng a mis pies desde la cesta del globo

Madrugón y… ¡A Volar!

La primera tarde que pasamos en Vang Vieng nos dedicamos a inspeccionar el lugar, los alrededores de nuestra guesthouse y la propia ciudad.

Nos costó bastante decidirnos por un sitio para cenar, pero cuando lo hicimos fue gracioso porque a los 5 minutos aparecieron Todd y Sarah (la pareja de americanos de Phonsavan) y pasamos un rato muy agradable cenando todos juntos.

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Vang Vieng en buena compañía

Aún así, nos fuimos a dormir temprano porque al día siguiente nos esperaba un buen madrugón para ver amanecer desde el aire.

Muy puntuales (puntualísimos de hecho), vinieron a recogernos a la guesthosue a las 5:30 de la mañana.

En poco más de 15 minutos estábamos ya en una finca en la que el equipo de Above Laos estaba poniendo a punto los dos globos. ¡Nervios y emoción! La verdad es que era una cosa que llevaba mucho tiempo queriendo hacer, y al fin me iba a sacar esa espina.

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Cuando ya estaba todo listo, nos distribuyeron en los dos globos y pusieron manos a la obra para preparar el despegue.

Y así, de repente, empezamos a elevarnos de una manera tan suave y progresiva que con los ojos cerrados no nos hubiésemos dado ni cuenta.

Poco a poco fuimos ascendiendo hasta que llegamos a la altura que nuestro piloto buscaba. Fue entonces cuando nos dijo que las condiciones atmosféricas de ese día eran realmente buenas, así que no íbamos a tener ningún problema en completar toda la hora que suele durar el viaje.

Aún no había amanecido, pero ya se empezaba a notar la claridad. En las zonas más bajas había una bruma muy bonita y mística, que poco a poco iría desapareciendo a medida que empezase a asomar el sol.

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Ya con el sol iluminando Vang Vieng, los colores empezaron a hacerse más intensos y el amanecer fue descubriéndose como algo realmente precioso. Llevaba una buena recua de amaneceres a mis espaldas en lo que iba de viaje (por las 4 semanas en Myanmar), pero ver amanecer desde el aire, flotando en un globo, era algo totalmente novedoso.

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Cuando ya era totalmente de día, las nieblas habían desaparecido y lo que más destacaba era el color intenso verde de las montañas de Vang Vieng.

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Fijándonos mucho, era fácil distinguir incluso los miradores que estaban en lo alto de estas montañas (y que, por supuesto, alguno caería esa misma tarde).

Una vez más, me reafirmo en mi gusto por las alturas. Una experiencia realmente inolvidable.

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El tiempo pasó rapidísimo y el descenso fue tan suave como el aterrizaje. Antes de despegar, nos enseñaron unas normas básicas por si al aterrizar la cesta quedaba apoyada sobre uno de los laterales y no sobre la base, pero nuestro piloto consiguió aterrizar sin ningún percance y manteniendo en todo momento la estabilidad del globo y de la cesta.

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A punto de aterrizar

No estábamos contentos, ¡estábamos contentísimos! Y aún nos quedaba la parte del desayuno que estaba incluido en el precio y que fue acompañado de cava catalán (¡qué gracia!).

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Volar y desayunar. Ideal para empezar el día

La euforia del momento nos recargó las pilas por completo, así que estábamos dispuestos a sacar el máximo provecho de todo el día que aún nos quedaba por delante.


Vang Vieng por las Montañas

Hay varias montañas con miradores más o menos famosos en Vang Vieng, pero de todos ellos optamos por subir al mirador de Nam Xay por ser, supuestamente, uno de los que ofrecen mejores vistas y también por el surrealismo absoluto de la moto que está en lo alto.

Otros dos miradores con fama contrastada son Pha Poak y Pha Ngeun.

Ruta a Nam Xay

Para movernos libremente por la zona y no depender de excursiones, decidimos alquilar dos motos en el sitio que estaba situado justo enfrente de nuestra guesthouse (80.000 Kip por día).

Gran parte de los caminos de Vang Vieng están sin asfaltar, pero conduciendo con cuidado y sin prisas (sobre todo para no estropear las ruedas con los baches o piedras) no hay ningún problema. Aún así, no es un sitio recomendable para ir en moto si se tiene poca experiencia.

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Ir en moto por Vang Vieng es una experiencia magnífica

La entrada a la ruta que asciende hasta Nam Xay está en cualquier mapa y es imposible pasarse de largo con todos los cartelitos que la rodean. Cuesta únicamente 10.000 Kip y hay sitio suficiente para dejar las motos.

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Acceso al mirador Nam Xay

Cuando empezamos la subida aún no eran ni las 10 de la mañana, pero ya se empezaba a notar el calor.

Aún así, parte del desnivel se hace con sombra así que es fácil sobrevivir a pesar de los calores. No esperábamos subir tan rápido (15 minutos aproximadamente), pero es que realmente tampoco es un desnivel muy marcado.

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Subida al mirador

Una vez arriba, nos quedamos maravillados con la vista de 360º que teníamos ante nuestros ojos.

Era espectacular mirásemos hacia donde mirásemos, y las montañas cercanas, tan verdes y empinadas, nos acompañaban en todo momento.

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En lo alto, hay una especie de caseta (de la que hablaré un poco más abajo) que sirve como lugar para sentarse a la sombra y recuperar el aliento.

Junto a ella, hay una especie de balcón de madera para asomarse con seguridad para contemplar parte de las vistas sin tener miedo a caer…

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… pero la que para mí es la mejor panorámica del mirador se tiene desde el lugar donde un iluminado plantó una moto.

Caminando hacia el extremo opuesto de la caseta, hay una serie de peldaños que permiten descender un par de metros para acercarse a ella.

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A quién se le habrá ocurrido poner la moto ahí…

Las vistas son realmente magníficas. Es cierto que el sitio es estrecho y, como norma general, hay que hacer algo de “cola” para poder hacer una foto, pero no es tampoco nada desquiciante (cosa de 2 o 3 minutos).

Cuando llegamos nosotros a lo alto, éramos en total unas 15 o 20 personas, de las cuales solo 6 o 7 estaban en la parte de la moto. Además, nos ayudamos mutuamente porque ellos nos hicieron fotos a nosotros y nosotros se las hicimos a ellos.

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Teníamos ante nosotros, una vez más y 3 horas después de haberlo visto desde el globo, el mismo paisaje pero con otra perspectiva igualmente de estupenda.

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¡Pero qué bonito es Vang Vieng!

El Accidente

Todo el mundo que me conoce sabe que soy muy “cabra. Me encantan las alturas, las montañas, trepar… Es algo que no puedo evitar y que a mucha gente le asusta, pero creo que tengo bastante estabilidad y son cosas que no me impresionan, por lo que no corro peligro.

Otra cosa es que después me dé golpes realmente estúpidos en lugares insospechados como me ocurrió en lo alto del mirador Nam Xay.

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Lo tranquilo que es este sitio y el leñazo que me metí…

Cuando ya habíamos hecho todas las fotos posibles y disfrutado de las vistas desde todos los ángulos, decidimos sentarnos un rato en la caseta para relajarnos antes de bajar.

El problema es que la gente de Laos es muy bajita y muchas cosas, evidentemente, están construidas a su medida, así que no vi la viga de madera que estaba en la estructura de la caseta justo debajo del tejado (además me daba el sol de frente).

Así que cuando iba todo decidido a entrar en la caseta mi cabeza recibió un contundente y sonoro golpe en la frente que me dejó aturdido durante medio segundo y, literalmente, me propulsó hacia atrás, con la mala suerte de que tenía un desnivel de un metro y rocas puntiagudas detrás de mí.

Bueno, podría haber sido peor y despeñarme, pero igualmente me di un golpe bastante majo aunque conseguí amortiguarlo un poco con la mano derecha.

Fue tan sonoro el golpe (debe ser que tengo la cabeza más hueca de lo que yo pensaba) que todo el mundo se dio cuenta y se oyeron varios gritos de susto cuando me vieron volar por los aires.

Resultado poco importante: un buen chichón y arañazos en la pierna y el brazo.

Resultado algo más intenso: la zona lumbar de la espalda bien mazada y unos cuantos cortes en la mano, alguno un poco más profundo de lo que me habría gustado…

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Casquería “in situ”

La peor parte: el pulgar de la mano derecha debió tener alguna especie de luxación o daño en los tendones y empezó a hincharse y molestarme bastante al cabo de una hora.

La suerte absoluta: mi amiga Isa es enfermera y fisioterapeuta, así que después de limpiar los cortes con agua y hacer un vendaje improvisado con lo que teníamos a mano, bajamos rápidamente del mirador, cogimos las motos y fuimos hasta la guesthouse para hacer una cura profesional.

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Su diagnóstico fue que no era grave, pero que iba a tener el dedo una buena época dolorido y sin poder hacer fuerza (y así fue, esto ocurrió el 8 de diciembre y a principios de enero ya estaba mejor pero aún tenía dolor, y no desapareció de todo hasta principios de febrero).

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Las heridas se fueron curando poco a poco…

Lo que estaba claro era que ese percance no iba a truncar nuestros planes. Ni los de Vang Vieng, ni las rutas en moto que teníamos planeadas para los días siguientes (aunque he de reconocer que, en ciertos momentos, la conducción no fue excesivamente cómoda).

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… y en menos de tres semanas pintaba mejor, pero el pulgar seguía machacado.

No sé qué me pasa con los viajes largos a Asia que siempre acabo lesionándome de la forma más estúpida posible y nunca en los momentos realmente más arriesgados. En Sri Lanka me fisuré una costilla cuando metí el pie en un agujero mientras visitaba una plantación de te de Nuara Eliya y en Laos voy y me fastidio una mano de la manera más tonta en un mirador…

En fin…


Vang Vieng bajo Tierra

Laos es muy famoso por sus cuevas, y en Vang Vieng hay unas cuantas que se pueden visitar. Nosotros optamos por dos, una de ellas muy conocida, y la otra fuera del circuito habitual (pero es que nos gustó mucho el nombre).

Cueva Than Phu Khan (y su Blue Lagoon)

Este es uno de los sitios más visitados de Vang Vieng y no precisamente por su cueva (que, igualmente, es a la que más gente opta por ir) sino por la laguna que forma el río a su paso y que está preparada para bañarse.

De hecho, está demasiado preparada y cualquier parecido con una laguna salvaje y natural es simplemente un eco del pasado: casetas, puestos, tirolinas, columpios, hordas de gente, etc. etc.

Aún así, el sitio es bonito y la entrada (10.000 Kip) incluye el acceso a la laguna y también a la cueva.

Nosotros lo primero que hicimos es ir a la cueva. Hay que subir un rato por unas escaleras (nada del otro mundo realmente) para llegar a la entrada.

Es imprescindible llevar una buena linterna, y si es un frontal mejor (si alguien no tiene las alquilan en la entrada).

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Entrando a la cueva

La cueva me sorprendió muchísimo, me esperaba algo totalmente arruinado como alguna de las cuevas de Myanmar, pero nada de eso.

Sí que, una vez dentro, hay una estatua con un Buda reclinado en la primera estancia, pero el resto de la cueva está todavía en estado salvaje y sin ningún tipo de construcción o iluminación.

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Los pasadizos son todos enormes y altísimos, y es fácil orientarse, pero hay que tener algo de cuidado ya que después de varios minutos andando se llega a la oscuridad total (fabuloso).

Una cueva bonita, accesible y turística, pero que vale la pena visitar.

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Entre la exploración de la cueva y los baños en la Blue Lagoon, al final se nos fue la tarde, así que volvimos directamente a la guesthouse para devolver las motos y nos fuimos a cenar a un sitio cercano que nos tenía buena pinta (Lotus, recomendable 100%, gente muy amable y comida rica y casera) y a darnos un buen masaje.

Cueva de Las Flores

Si la anterior cueva nos gustó, podríamos decir que esta nos enamoró por completo. El tercer día en Vang Vieng iba a ser el último, y habíamos comprado billetes de autobús para ir a Thakhek a las 13:00, así que realmente solo teníamos la mitad del día para hacer algún plan

Yo tenía pensado madrugar para subir a otro mirador, pero como tenía la mano totalmente turulata decidí dejarlo pasar, descansar, y hacer únicamente un único plana mañanero con Isa.

Después de un desayuno de campeonato en el porche de nuestro bungalow, negociamos un precio reducido (5.000 Kip cada uno) con la de la tienda de motos para alquilarlas únicamente hasta las 12 del mediodía.

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Esto sí que es empezar bien el día…

Así que a las 9 de la mañana nos pusimos en ruta con el único objetivo de conducir hasta la Cueva de las Flores. No conocíamos nada de ella: ni estaba en las guías ni había muchos testimonios sobre ella, pero nos gustó el nombre y teníamos curiosidad.

¡Y menuda sorpresa!

Para empezar, ya solo el camino por el que hay que ir para llegar bien vale la visita. Seguíamos las indicaciones del Maps.Me y llegados a un punto de la pista principal tuvimos que desviarnos a la derecha por lo que parecía un camino para carros.

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Ruta hacia la Cueva de las Flores

Al principio dudamos un poco porque íbamos con la moto, pero finalmente nos decidimos.

Durante varios kilómetros condujimos junto a prados, vacas y mucha vegetación. Hasta tuvimos que parar en algún momento para abrir portones de madera rústicos para poder pasar (igual que nos había pasado en las carreteras de Namibia, pero aquí más “enxebre“).

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Una ruta en moto estupendísima.

Llegó un momento en el que ya no teníamos muy claro si íbamos bien o no, pero apareció un señor que estaba sembrando algo y nos preguntó si buscábamos la Cueva de las Flores.

Le dijimos que sí, y entonces se sacó del bolsillo dos tickets caseros hechos a mano (10.000 Kip cada uno) y directamente, se vino con nosotros a enseñarnos las cuevas.

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El señor abriéndonos la cueva. Surrealista.

No hablaba muy bien en inglés, lo justo y necesario para enseñarnos el camino a las dos entradas de la cueva, explicarnos que había sido él quien había preparado y mantenido todo para que la gente pudiese visitarla y contarnos también que la gente de Laos, según él, era muy poco cuidadosa.

La cueva resultó ser fascinante. No por su tamaño, sino por los líquenes y pigmentos de algunas de sus zonas que le daban un colorido o reflejos realmente bonitos (de ahí el nombre de “Cueva de las Flores”).

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Además estábamos solos (como nos suele ocurrir a Isa y a mí, que llegamos siempre en el momento oportuno para que no haya más grupos), así que nos lo tomamos con calma y disfrutamos de la compañía del señor que era realmente majo.

¡Todo un acierto! Nos íbamos a llevar con nosotros el recuerdo de esta cueva y su cuidador para siempre.

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Ya de vuelta en la guesthouse, recogimos nuestras cosas y nos fuimos caminando hacia el puente grande que cruza el río (en el que, por cierto, hay que pagar un peaje por persona de 4000 Kip cada vez que se cruza) para subir hasta la calle principal y esperar a la minivan que nos iba a recoger para ir hasta Vientiane y, desde ahí, en autobús nocturno a Pakse.

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¡Llegaba al fin el ansiado momento de los tours en moto por Laos que tanto nos apetecían!

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