Qatar 2017 – Un Día de Ramadán en Doha

Mi paso por la capital qatarí fue fugaz pero me permitió entender un poco más cómo funciona este curioso y pequeño país del golfo pérsico. Nada tiene mucho sentido en Qatar, pero una breve visita es, cuanto menos, interesante.

¿Por Qué ir a Doha?

No creo que haya mucha gente que venga ex profeso de vacaciones a Qatar. Bueno,
probablemente algunos de los vecinos ricos de EAU, Bahrein, Kuwait o Arabia Saudita decidan cruzar la frontera para encontrar un loco y curioso “Las Vegas en el desierto”, pero fuera de ahí yo creo que la mayor parte de los visitantes son turistas en tránsito a otro destino que aprovechan para hacer una escapada de uno o dos días y ver cómo es esta ciudad de excéntricos rascacielos surgida de la nada en pocas décadas.

La Curiosa Historia de Qatar: De la Nada al Todo

En un pequeño apéndice de la península arábiga se haya este minúsculo país de un tamaño similar a Asturias (11500 kilómetros cuadrados). Para ser una porción de terreno tan pequeña ha sido codiciada por muchas culturas e imperios por su estratégica situación y sus reservas petrolíferas.

Los primeros asentamientos se remontan a hace 50.000 años. Se han encontrado restos que datan de la Edad de Piedra, así como artefactos de origen mesopotámico y babilonio. En el año 224 d.C. el Imperio Sasánida (del que ya había aprendido cosas en mi viaje a Irán) se hizo con el control de los territorios del Golfo Pérsico.

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Contraste de embarcaciones viejas con modernos edificios

En el 628 la mayoría de las tribus arábigas se convirtieron al Islam dando lugar al inicio de la conquista musulmana de Persia, cayendo así definitivamente el Imperio Sasánida. Durante la época Abasí se desarrolló muy rápido la industria de las perlas, haciendo que muchos barcos con destino India o China parasen en los puertos de Qatar. Se cree que esa época fue muy próspera en la mini-península y se han encontrado restos arqueológicos que dan a entender que sus habitantes poseían un nivel de riquezas bastante elevado.

En el siglo XIV el príncipe de Ormus se hizo con el control de la región, siendo aún las perlas la principal fuente de ingresos. Un par de siglos después (en 1515) Manuel I de Portugal derrotó al Reino de Ormus haciéndose incluso con el control de buena parte del este de Arabia. En 1550 los habitantes de la región de Qatar se rindieron voluntariamente al Imperio Otomano, prefiriéndolos a ellos que al dominio portugués.

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Homenaje a las perlas en el Corniche

Durante los siguientes siglos numerosos conflictos, situaciones de anexión y separación y varias guerras, bombardeos y trifulcas tuvieron lugar en la región. Doha fue completamente destruida en 1821, la situación de la zona era muy inestable y los británicos empezaban a hacer acto de presencia, algo que se consolidó con la Primera Guerra Mundial. Qatar pasó a ser un protectorado británico desde 1916 hasta 1971, año en el que se hizo totalmente independiente.

Durante la década de los 90 el país experimentó un leve proceso de liberación y moderación. La famosa cadena Al Jazzera se fundó en 1996 y en 1999 las mujeres pudieron votar por primera vez.

Doha

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Al Fanar Islamic Center

Es por goleada la ciudad más poblada del país (acumula la mitad de los poco más de 2 millones y medio de habitantes de Qatar) pero hace menos de cien años no dejaba de ser un pueblo de unos miles de habitantes.

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El Zoco de Doha sigue siendo pura tradición

El crecimiento de Doha es digno de ser estudiado y, en parte, ha ido parejo a la evolución del país desde que empezó a despuntar económicamente por las excavaciones petrolíferas. En los años 70 se inició la construcción de modernos edificios que dieron paso a las famosas torres (cada una más excéntrica que la anterior) que forman el actual skyline de la ciudad, quizá entre los más famosos del mundo.

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Doha me parece una ciudad para pasar un día o como mucho dos, salvo que se tenga una curiosidad especial en lo que sea que se pueda hacer allí (algo que para mí aún está por descubrir). Pero como visita de un día en una escala larga en un viaje a otra parte no está nada mal, y se puede hacer de forma muy económica huyendo de los circuitos organizados y arreglando el visado de forma adecuada.

Crónica de Un Día en Doha

La mejor forma de aprovechar el tiempo es arreglar de antemano el visado. Mi escala en este pequeño rincón del mundo se debe a una parada premeditada en el largo viaje de España a Namibia que hice en junio de 2017 con mi amiga Isa. Ya que nos desviábamos hasta Oriente Medio para hacer el trayecto, ¿por qué no una paradita en Doha?

Planeamos la visita de forma que no tuviésemos que reservar alojamiento. Nuestro avión aterrizaba en el Hamad International Airport de Doha a las 6 de la mañana y el siguiente salía a las 2 de la madrugada del día siguiente. Todo un día para ver lo que se cocía (nunca mejor dicho, porque en junio la temperatura media no baja de 40 grados) en la capital.

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El sol no perdona en Qatar

El visado lo tramitamos con anterioridad de forma gratuita en la página web de Qatar Airways. Con un mes de antelación y adjuntando el pasaporte escaneado, la aerolínea tramita gratuitamente un visado de una duración máxima de 72 horas. Al llegar al aeropuerto no tardamos nada en pasar el control de inmigración.

Una vez legalizados en el país se nos acercaron varios representantes de hoteles y pequeñas agencias para ofrecernos tours en coche por la ciudad. No vale la pena, son bastante caros y el transporte local es barato. Cambiamos algo de dinero (la moneda oficial de Qatar el Riyal Qatarí: 1€ = 4 QAR) en el aeropuerto, compramos billetes de autobús de ida y vuelta del aeropuerto al centro de la ciudad (10 QAR por persona, unos 2,5€) y nos pusimos rumbo al zoco.

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Igualdad ante todo…

¡Íbamos solos en el autobús! Supongo que la mayoría de la gente que visita la ciudad (poca, me ha dado la impresión) son ricachones y se cogen esos tours privados. Nosotros en nuestro autobús fuimos de maravilla.

Nos dejó a unos 100 metros del zoco pero era tan temprano y hacía ya tanto calor que nos pareció mejor idea tirarnos un rato bajo la sombra de una palmera junto al puerto con las vistas del Skyline de la parte más moderna de la ciudad.

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¡Geniales vistas desde el Corniche!

Y es que menudo achicharre… A la sombra se estaba bien, pero aún así el aire que se respiraba parecía haber pasado antes por un secador de pelo de tamaño industrial y a toda potencia.

Nos dimos cuenta del gran problema que íbamos a tener ese día cuando las tripas empezaron a rugir. Por una parte era viernes, el día festivo por excelencia en los países musulmanes, pero es que además… ¡Era Ramadán! Viernes y Ramadán en un país totalmente musulmán (vamos, musulmán a tope)… ¡Estábamos condenados a pasar hambre y de las buenas!

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Calles vacías + establecimientos cerrados = hambre

Cuando ya nos atrevimos a abandonar la sombra de la palmera usamos los pasos subterráneos para cruzar la calle y llegar al zoco. Son maravillosos, con aire acondicionado, escaleras mecánicas, ascensores… ¡Todo un refugio para días así! Es cierto que se hace eterno cruzar la calle de esta forma, pero un respiro de aire fresco no nos vino nada mal.

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En el zoco no había mucha vida (recordemos el día que era…), pero sí estaban abiertas
bastantes tiendas de especias, dulces artesanales, frutos secos… Entramos en varias, disfrutando de la enorme gama de colores y olores que nos ofrecían. Por un momento me transporté de nuevo a Irán, donde había estado dos meses antes (además Isa compró un poco de azafrán que, curiosamente, venía de Mashhad).

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Tiendas del zoco

A las 12 del mediodía estábamos famélicos, cansados y debilitados. Encontramos dentro del zoco una pequeña zona fresca, cerca de la mezquita, con unos incómodos bancos de madera poco apetecibles. Aún así sucumbimos al calor y el cansancio con una formidable macro-siesta de tres horas. Después de dormir en un banco de madera duro, en el zoco de Doha a 40ºC, ya nada me da miedo en este mundo.

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Al despertarnos nos dio la impresión de que el calor había amainado ligeramente. Nos decidimos a volver a cruzar hacia el puerto y caminar un cuarto de hora para visitar el Museo del Arte Islámico que tenía buena pinta. Nos informaron en un hotel de que abría de 3 a 8 de la tarde, y seguramente tendrían aire acondicionado y, a lo mejor, una pequeña cafetería para turistas con algo de comer. ¡Plan perfecto!

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Diferentes estampas del zoco de Doha

Así que allí fuimos. Caminamos bajo un sol abrasador hasta la puerta del museo solo para encontrarlo cerrado porque era viernes. ¡Pues qué gracia! Un poco frustrados, sin agua (ni ningún sitio donde comprarla cerca) y acalorados, volvimos al genial paseo marítimo decididos a subirnos a alguna de las barcas que realizan paseos de media hora.

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Museo del Arte Islámico

Hay que tener mucho cuidado porque aquí el timo al turista se eleva a la categoría suprema. Preguntando a gente que bajaba de los barcos descubrirnos que el precio habitual es de 10 QAR por persona (unos 2,5€), pero a nosotros nos llegaron a pedir 80 QAR… ¡Estamos locos o qué!

Cuando nos lo decían nos daba la risa y les respondíamos que ya sabíamos que el precio era realmente de 10 QAR. Varios nos dijeron que entonces nada, pero no tardamos mucho en encontrar a alguien que nos llevase de paseo por ese precio.

En el barco no había nadie local. La mayoría de la gente era de India o Nepal. Les preguntamos y nos comentaron que hay mucha gente de sus países trabajando en Qatar y que realmente la población autóctona del país se reduce a menos de un 20% del total…

¡Menuda locura!

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Barcos de paseo

Nada más zarpar empezó a sonar la música a tope y todo el mundo se puso a bailar. ¡Era como una mini-fiesta transgresiva en medio del mar huyendo de la sociedad religiosa estricta que domina Qatar!

Nos lo pasamos tan bien que decidimos repetir por la noche, antes de volver al aeropuerto.

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¡A mover el esqueleto!

Se acercaban al fin las 6 de la tarde, hora oficial del fin del toque de queda del Ramadán por ser cuando anochece. Pusimos de nuevo rumbo al zoco salivando a velocidades no conocidas por el ser humano, deseosos de encontrar un buen sitio donde desayunar-comer- cenar (ya que no habíamos hecho nada de eso aún) algo tradicional de comida árabe.

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Se acerca la puesta de sol: ¡es hora de juntarse y socializar!

El ambiente había cambiado por completo. Montones de familias estaban en la calle, alegres, disfrutando del día festivo y de la posibilidad de volver a comer.

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Merecido postre refrescante: helado de mango

Desafortunadamente, todos los sitios para conseguir algo de comida estaban ya reservados, así que optamos por coger un take-away en un restaurante de comida tradicional y sentarnos en la terraza de un italiano que decidió no abrir al público.

Compramos unas buenas raciones de pollo con arroz (que estaba de muerte de rico), una ensalada y dos zumos. Nos costó todo 50 QAR (algo menos de 13€) y cenamos como dioses, mucho mejor probablemente que en cualquiera de los lujosos hoteles de la zona que ofrecían menús entre 100 y 200 QAR por persona.

Ya estábamos con energía plena para lo que fuese y la temperatura se había estancado en un nivel “aceptable”. Pusimos rumbo de nuevo a la zona del puerto y encontramos (después de mucho regateo otra vez) un barco que nos sumase a su fiesta de media hora por el mismo precio que habíamos pagado antes.

Esta vez se acercó mucho más al impresionante skyline nocturno de Doha.

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Skylnie nocturno de Doha… ¡Sin palabras!

¡Qué pasada de vistas! Es como una auténtica ciudad extraterrestre, con todos esos edificios de formas estrambóticas y colores vivos que se reflejan con total intensidad en las aguas del Golfo Pérsico.

Nos lo pasamos genial en el barco, con megahits de antes y de ahora, indios e internacionales.

Una buena forma de bajar la exquisita cena a la que habíamos tenido acceso después del primer día de Ramadán en nuestras vidas.

Aún quedaban unas cuantas horas antes de la salida de nuestro vuelo. ¡Qué mejor forma de matar el tiempo que volver a nuestra querida palmera de la mañana, la que nos dio cobijo de los mortales rayos solares que derriten a cualquier ser viviente en este lado del mundo!

Allí nos tumbamos, con una vista inigualable de los edificios y luces que acabábamos de ver tan de cerca gracias al barco-fiesta. Dejé un rato a Isa en la hierba y me fui a dar una caminata, buscando nuevos ángulos para sacar alguna que otra foto de la vista que me tenía totalmente hipnotizado.

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Por el camino conocí a un chico de Túnez que me explicó que había estudiado derecho y se había venido a Doha a trabajar, pero que no era tan fácil encontrar un trabajo bueno a pesar de la tasa de paro inferior al 1% que tiene el país. También me contó que la vida en Qatar le parecía bastante aburrida, sin mucho que hacer o ver, y que preferiría irse a trabajar a algún país europeo como Alemania o Francia..

Yo le dije que ahora no era quizás un buen momento para buscar trabajo en España, pero que estaba convencido de que le iba a gustar. Su respuesta me pareció bastante curiosa: “es que no quiero buscar trabajo en países pobres”. Qué cosas…

A las 23.30 cogimos el autobús de vuelta al aeropuerto (por supuesto estábamos solos una vez más), finalizando así un día muy completo en Doha, marcado por la primera experiencia real de nuestras vidas del Ramadán (yo ya estuve en Ramadán anteriormente en Turquía e Indonesia, pero allí los Ramadanes son más “light”) y las vistas en directo de una moderna macrópolis en el medio del desierto.

Toda esta visita nos salió por un precio total al cambio de algo menos de 30 € (incluyendo el autobús, la comida, los viajes en barco y alguna que otra comprilla).

Y de aquí a Namibia… ¡De desierto en desierto!

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