Camboya 2019 – Etapa 1 – Phnom Penh, Capital Khmer

Sin ser una belleza, Phnom Penh me pareció mucho más interesante de lo que esperaba, y eso que me perdí parte de las cosas por una indigestión como no recuerdo en mi vida (fruto de un jornada de viaje infernal). La capital de Camboya es un buen punto de inicio o cierre para conocer el país ya que, además de algunos edificios bonitos, encierra gran parte de la historia moderna de Camboya.

Cruzando la Frontera

Lo que me habían pintado como algo sencillo (cruzar de Laos a Camboya y llegar hasta Phnom Penh) acabó siendo una auténtica pesadilla que incluso se extendió un día extra por problemas estomacales (la primera vez que me ocurría algo así en cientos de días de viajes acumulados en toda mi vida).

El plan original era sencillo. Yo estaba en Si Phan Don, al sur de Laos, en la isla Don Khone, y simplemente tenía que coger una barco hasta Nakasang,de ahí un tuk-tuk a la frontera y, por último, ya en Camboya, un autobús directo a Phnom Penh.

No creo que la causa de que todo saliese mal fuese realmente de quienes me vendieron esa especie de viaje combinado, sino de las propias mafias que realmente organizan todos esos trayectos y trámites, incluida la emisión del propio visado.

Los primeros pasos salieron bastante bien. A las 08:30 de la mañana me llevaron en barco hasta Nakasang, esperé 20 minutos y un tuk-tuk me llevó a mí y a otras personas hasta Nong Nok Khiene. A partir de ese momento, parecía que el 50% de los pasos ya estaban hechos y que tan solo quedaba cruzar la frontera y coger el autobús.

Teniendo en cuenta lo fácil y sencillo que había sido pasar de Tailandia a Laos, contaba con algo similar, pero nada más lejos de la realidad…

Una vez en el lado laosiano de la frontera (Nong Nok Khiene), apareció un hombre pidiendo los pasaportes para hacer él todo el «proceso» de salir de Laos y entrar en Camboya. Además de parecerme muy extraño, no estaba dispuesto a darle mi pasaporte a un desconocido, así que varias personas decidimos hacer todo nosotros mismos.

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Cruzando la frontera por la parte de Laos

Ya en la ventanilla de los oficiales, había otro hombre que decía ser un «agente oficial» que pedía más de 40$ por hacer el proceso del visado. Lo ignoré porque me parecía muy sospechoso, así que fui directamente a la ventanilla a sellar mi salida de Laos.

Me pidieron 2$ por ponerme el sello de salida, algo que es totalmente irregular, ya que es un proceso por el que no te pueden exigir dinero, así que me negué, y la agente en cuestión no volvió a insistir y me selló el pasaporte haciendo oficial mi salida de Laos.

Tras un par de minutos caminando por una pista, llegué al punto de control de la frontera del lado de Camboya, donde las irregularidades superaron las expectativas.

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Cruzando la «pista» en tierra de nadie…

Además de los 35$ del visado, me pedían otros 5$ «porque sí». Los tres que estábamos allí nos negamos, y el agente se puso a decir cosas que no parecían precisamente bonitas y cerró la ventanilla.

Los otros dos chicos y yo sabíamos que no podían dejarnos allí mucho tiempo, así que ellos optaron por esperar pero yo finalmente tuve que tragar con la mafia y pagar los 5$ porque tenía miedo de perder el autobús y no llegar a Phnom Penh (un par e horas después descubriría que habría dado lo mismo).

Está claro que esos 5$ van para el bolsillo del agente, una mafia que tiene que ser perfectamente conocida por las autoridades superiores de Camboya. Y no es por los 5$ en cuestión, que ni van ni vienen, es por la vergüenza de que permitan algo así. Por supuesto esto es algo que no ocurre en los aeropuertos, pero por lo que he podido ver en internet, es muy común que el cruce entre Laos y Camboya esté lleno de polémica e historietas como esta.

Total, que una vez con el visado en mi mano y la mafia de la frontera contenta, salí de la oficina para descubrir que el autobús no estaba allí.

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Autobuses «Cambodia» style

Me senté en la única tienda que había en esa polvorienta esplanada a esperar mientras veía como varios autobuses con destino Siem Riep llegaban, recogían a gente y se marchaban.

Mientras esperaba, aparecieron los dos chicos que se habían negado a pagar los 5$. Al final les sellaron el pasaporte porque, evidentemente, no les quedaba ninguna otra opción, así que yo habría podido hacer lo mismo ya que mi autobús parecía resisiitrse a llegar.

Finalmente, y tras 2 horas de espera, llegó una minivan cotrosa anunciando que venía a recoger a los pasajeros para Phnom Penh. ¿Dónde estaba el, supuestamente, autobús cómodo para el que me habían vendido el billete? Incógnita.

Al menos, pensé, tenía algo de espacio y no iba muy incómodo, pero esa relativa felicidad se disipó cuando llegamos a Tsun Treng. Allí teníamos que bajar y esperar a otra minivan que nos llevaría a Phnom Penh. Como nos dijeron que iba a tardar al menos una hora, decidí comer algo (arroz con verduras) que no me supo muy bien, pero bueno, era arroz con verduras, tampoco podía sentarme muy mal (iluso de mí).

Cuando a las 14:00 llegó la nueva minivan, se me cayó el alma al suelo. ¡Era aún más cutre que la anterior! Y el suplicio no terminaría ahí. Hicimos otra parada más en Kratie, donde volvimos a cambiar de minivan.

El nivel de cutrismo no cambió, pero sí el espacio disponible. Desde Kratie a Phnom Penh fuimos, aproximadamente, dos personas por plaza. Incluso el conductor compartía asiento con otra persona.

Por si eso no era suficiente, íbamos hasta arriba de equipajes, cajas y trastos (incluyendo una puerta de madera)… En una minivan cotrosa… Con un conductor no muy suave que digamos…

Cuando por fin llegué a Phnom Penh a las 22:00 estaba muerto. Tenía el estómago fatal y notaba que necesitaba ir urgentemente a un baño sin tener muy claro para qué, pero no pintaba bien.

Me subí a un tuk-tuk y le pedí que me llevase directamente al hotel. Estaba tan al límite del colapso que me dio igual el precio, le dije que sí a todo y que saliese ya por favor. Menos mal que realmente no estábamos muy lejos y en pocos minutos estaba ya en el HM Grand Central Hotel.

Mi madre estaba ya en la habitación, pero nada más entrar tuve que ir directamente al baño con una diarrea horrible.


Primer Día en Phnom Penh: Cama y Película

La diarrea que tuve nada más llegar al hotel me calmó un poco el malestar del estómago pero me dejó el cuerpo totalmente baldado. Por la noche tuve que levantarme otra vez para ir al baño con otra nueva entrega de diarrea e incluso vómito.

Estaba claro que mi estómago, que raramente se ve afectado, no estaba en su mejor momento. Pero como ya lo había echado todo fuera contaba con estar mejor por la mañana.

Pero no fue realmente así. Cuando nos levantamos no desayuné casi nada porque tenía el estómago totalmente cerrado, perdiéndome así el magnífico desayuno buffet del hotel (que para algo pagábamos 50$ por la habitación).

Igualmente, pensé que podría aguantar, así que nos fuimos en tuk-tuk hasta el Psar Toul Tom Poung (Mercado Ruso), uno de los mercados más importantes de la ciudad y, tras 20 minutos allí, me senté en una silla y le dije a mi madre que tenía que volverme al hotel porque algo no estaba bien.

Así que, nuevamente, tomamos un tuk-tuk para volver directamente a nuestra habitación. Tras otra visita algo desagradable al baño, me puse el termómetro para descubrir que tenía 39,2ºC de fiebre. Normal que el cuerpo me estuviese diciendo STOP. Y eso que tengo buena tolerancia a la fiebre.

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El tráfico de Phnom Penh es como el de cualquier ciudad asiática

Evidentemente, yo no iba a volver a salir de la habitación en lo que quedaba de día, así que bajé a recepción para apalabrar un tuk-tuk que llevase a mi madre hasta el Palacio Real y la Pagoda Plateada. Ya que yo no iba a poder hacer nada, al menos que ella pudiese aprovechar algo el día.

Cuando ya se fue, me metí en cama con una buena dosis de paracetamol y del antibiótico que el médico de cabecera me había recomendado para cosas así y me quedé frito al momento. Lo que parecieron 10 minutos fueron realmente 3 horas, y solo me desperté porque llegó mi madre muy contenta de su paseo independiente en su primer día en Asia.

La verdad es que, sin estar al 100%, me encontraba bastante mejor. Así que aprovechamos para pedir algo de cena ligera al servicio de habitaciones y ver «Los Gritos del Silencio«, una de mis películas antibélicas favoritas, y ponernos en algo de situación con lo que fue la época del Khmer Rouge (Los Khmeres Rojos).

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«The Killing Fields», película IMPRESCINDIBLE

Antes de dormir volví a tomar un antibiótico y, milagrosamente, por la mañana estaba estupendo: pude desayunar y aguantar perfectamente el viaje de 5 horas a Battambang.

Creo que está claro que tuvo que ser la combinación de ese arroz con verduras con sabor sospechoso y el trayecto del infierno en las minivans del mal lo que me causó esta indigestión-intoxicación de estómago, porque no volví a tener ningún problema en el resto del viaje.


Segundo Día en Phnom Penh: El Genocidio

La segunda incursión en la capital camboyana fue mucho más fructífera para mí. Lejos quedaba aquel fatídico día de la revolución gástrica, así que pude aprovechar plenamente el día cultural con el que cerramos el viaje a Camboya después de haber pasado por Battambang, Banteay Chhmar, Siem Riep y Angkor, Mondulkiri y Koh Ta Kiev.

Llegamos el 5 de enero al atardecer, en una minivan desde Sihanoukville (8$ cada uno) y esta vez nos alojamos en el Ohana Phnom Penh Palace Hostel, algo más barato que el anterior (45$ la noche) y muy cerca del Mekong, para así al menos dar un paseo por la noche.

Una vez instalados, fuimos a dar una vuelta por la calle junto al río y cenamos en un sitio local. La zona tiene mucho movimiento, y pudimos ver a varios hombres europeos bastante mayores acompañados de chicas locales muy jovencitas. Parece que, por desgracia, hay «costumbres» bastante difíciles de cambiar.

Tuol Sleng: Museo del Genocidio

Cuesta creer que lo que en su momento era un instituto pudiese acabar albergando semejantes horrores. Entre 1975 y 1979 este edificio y todo su recinto fue la prisión S-21 de los Khmer Rouge y por sus pasillos llegaron a pasar entre 13.000 y 20.000 personas, según la estimación que se haga, encontrando prácticamente todas ellas una estancia mísera y una muerte totalmente indigna.

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El edificio en sí era un centro de interrogación destinado a lo que los Khmer Rouge consideraban la «élite» del país (la cual querían eliminar): médicos, profesores, oficiales del gobierno, generales, etc. Incluso niños y bebés encontraron un destino terrible en el S-21.

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Tuol Sleng: Museo del Genocidio

La visita es muy dura pero, a mi juicio, necesaria, tanto para entender la historia del país como para seguir aprendiendo de las miserias y horrores de los que los humanos somos capaces. La entrada cuesta 3$, pero compensa ir con tiempo y coger la audio guía (disponible también en castellano) por 3$ adicionales.

En los distintos bloques del edificio podemos ser testigos de las condiciones infrahumanas en las que vivían los detenidos y también de la dureza con la que eran ejecutados.

En el Bloque A se conservan aún camas de hierro con las correas originales que se utilizaban para inmovilizar a los detenidos.

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En el Bloque B hay una recopilación de fotos de cientos de las víctimas de los Khmer Rouge. Sus caras reflejan la realidad a la que se iban a enfrentar, un sentimiento imposible de imaginar para nosotros.

El Bloque C nos muestra cómo se dividían algunas habitaciones con muros de ladrillo para hacer así celdas enanas en las que era prácticamente imposible tumbarse.

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Por último, el Bloque D, muestra los distintos métodos de tortura, algunos de ellos retratados por uno de los supervivientes.

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Y es que realmente no demasiada gente sobrevivió al S-21. De los pocos que sí lo hicieron, quedaban dos con vida en el momento de nuestra visita (6 de enero de 2020): el mecánico Chum Mey y el artista Bou Meng. En la actualidad viven junto a este Museo del Genocidio, donde se les permite contar su historia y vender sus memorias.

Nosotros hablamos un poco con Bou Meng. Fue una experiencia única pero a la vez devastadora, porque justo nos habíamos enterado durante la visita al S-21 de cómo había sido su encarcelamiento, y cuál había sido su destino y el de su familia. Terrible.

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Conociendo a Bou Meng

Como último apunte, el Tuol Sleng es uno de los sitios más concurridos de la ciudad, así que conviene ir temprano, antes de que lleguen los grupos de turistas. Un sitio así merece una visita larga y a la vez tranquila, para poder asimilar una pequeña parte de todo lo que esas pareces han presenciado.

Choeung Ek: Los Campos de Exterminio o «Killing Fields»

Los Killing Fields no son mucho más reconfortantes que el Museo del Genocidio. Están a las afueras de la ciudad (a poco más de 10 kilómetros) y, para ir de manera independiente, lo mejor es acordar con un tuk-tuk un precio por ir, esperar y volver.

La entrada cuesta 6$ y también incluye audioguía. La visita es algo más corta que la de Toul Sleng, pero igualmente conviene no ir con prisa.

En concreto Choueng Ek, es uno de los campos de exterminio que los Khmer Rouge establecieron en Camboya durante su infame mandato. Aquí se cometieron actos de masacre a la población (entre ellos, a los que habían pasado previamente por el S-21).

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Hombre, mujeres, niños, bebés… Las atrocidades que acontecieron en este terreno hacen palidecer a cualquiera, y la sensación de desamparo que se tiene durante la visita me recordó a lo mismo que sentí al visitar el campo de concentración de Sachsenhausen en Berlín, 11 años antes.

De todas las barbaridades que nos contó la audioguía durante la visita, lo que nunca olvidaremos será el método que llegaron a utilizar para matar a los bebés, estrellándolos directamente contra un árbol mientras una fuerte música sonaba de fondo. Imposible de imaginar.

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Solo aquí, en Choueng Ek, descansan los restos de 8985 cuerpos exhumados en 1980, cuando 86 de estos campos de tormento y muerte fueron excavados, aunque se cree que más de 17.000 personas fueron ejecutadas en este campo en concreto.

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Lo dicho, la combinación de Toul Sleng y Choeung Ek es una visita desgarradora, pero a la vez imprescindible para entender el país, y para tener presente que toda la gente mayor de 40 años ha vivido esa época que conviene no olvidar para no caer de nuevo en los mismos errores.

Psar Thmei: Central Market

Para despejar un poco el cerebro, le pedimos al conductor del tuk-tuk que nos dejase cerca del Mercado Central (Psar Thmei), un edificio de estilo Art Deco de 1936 con una cúpula de 26 metros de alto de la que salen cuatro largos pasillos en los que hay un sinfín de puestos y de tiendas.

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Aquí se puede encontrar desde baratijas hasta joyas caras y, además, el mercado «continúa» en las calles inmediatamente adyacentes al edificio, con muchos puestos estilo feria por los que resulta muy agradable caminar.

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Como nos quedaba muy cerca del hotel caminando y realmente no teníamos más planes para ese día (mi madre tenía el vuelo de regreso a España a las 18:00 y yo el autobús para volver a Bangkok a la 1 de la madrugada), decidimos pasar ahí el tiempo que nos quedaba, antes de poner punto y final al viaje camboyano.

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