Namibia 2017 – Etapa 2 – Waterberg Plateau: Y De Repente… ¡Verde!

En un país famoso por sus desiertos y sequedad cuesta imaginar que pueda existir una zona tan verde como el Waterberg Plateau. Es quizás unos de los parques naturales menos conocidos de Namibia y no demasiada gente lo visita, lo que le añade cierto encanto extra.

Noche en la Carretera

Un total de 1020 kilómetros separan Ai-Ais del Waterberg Plateau. Ya de por sí es mucha distancia, pero para un país como Namibia es aún más. Este recorrido simboliza la separación de los dos circuitos que tenemos planeados para el país: el sur (que acabó con el Fish River Canyon) y el norte, que empieza con el Waterberg Plateau.

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Simba versión Siglo XXI

Salimos de Ai-Ais sobre las 16:30, completamente renovados de cuerpo y espíritu tras un buen rato en las Hot Springs que hay en el campsite. Después de recorrer el trozo de la C37 hasta Hobas y, acto seguido, el trozo de la C12 hasta Seeheim, comenzamos a conducir hacia el norte por la B4 primero y la B1 después (ya asfaltadas).

La oscuridad total cayó sobre nosotros a las 18:00 y aún no habíamos llegado a la carretera asfaltada, pero tenía energía suficiente como para seguir conduciendo. Además, no teníamos pensado dormir en ningún campsite. En las carreteras importantes de Namibia hay, de vez en cuando, unos apeaderos muy monos con mesa y sillas bajo un árbol. Uno de ésos iba a ser nuestra parada nocturna para dormir (pero sin montar la tienda, dentro del coche, para estar más seguros y ahorrar tiempo por la mañana).

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Que conste que mejor así, en el camping del Waterberg Plateau

Paramos primero al pasar Keetmanshoop para hacer la cena en uno de estos apeaderos. Hacía bastante viento, pero nos las apañamos para que funcionase el hornillo de gas y así recargar bien el depósito interno, que es tan importante o más que el del coche (ése lo  habíamos recargado ya en una gasolinera de Keetmanshoop donde aprovechamos para comprar pan).

Con energías renovadas, seguimos hacia el norte por la B1 un rato más. La flojera me entró algo después de las 23:00, y en el primer apeadero que apareció paramos a dormir.

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Amanecemos en el apeadero de la carretera

Estábamos a medio camino entre Keetmanshoop y Mariental. ¡Al final habíamos hecho un buen trozo del camino al Waterberg Plateau!

De la Nada al Waterberg 

A las 5 de la mañana abrí un ojo y cinco minutos después arranqué el coche con el pijama puesto. Aún era noche cerrada y la carretera era toda nuestra, no había nada ni nadie.

Hicimos un par de horas sin parar hasta cerca de Rehoboth. Allí nos desviamos hacia el Lago Oanob por recomendación de René, el encargado del barco de los pingüinos de Lüderitz.

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Nuestra intención era hacer una parada exprés para desayunar y seguir, pero nuestras intenciones siempre se están viendo frustradas por la aparición de sorpresas o cosas interesantes… Y aquí ocurrió lo mismo. Tuvimos que pagar 30 NAD cada uno para acceder al lago, pero valió la pena. Es un entorno precioso, con un agua muy cristalina y mucha zona verde para tumbarse y desconectar. También encontramos una casita de madera con cocina libre para usar, todo junto al lago.

¡Si hasta el váter tenía unas vistas geniales!

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Pasamos en el lago más tiempo del planeado, pero nos dio igual porque lo habíamos disfrutado y teníamos tiempo de sobra para llegar al campsite del Waterberg Plateau de día (o eso creíamos…).

Siguiendo hacia el norte, al cabo de un rato, una señal enorme nos indicaba que estábamos cruzando un punto geográfico muy importante; nada más y nada menos que ¡El Trópico de Capricornio!

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¡Cruzamos el Trópico!

Años atrás había estado en el Trópico de Cáncer en lsla de Great Exuma en Bahamas, y ahora estaba cruzando el de Capricornio (ya sólo me falta el Ecuador). Paramos por supuesto a hacer una foto y disfrutar del momento.

Más al norte pasamos Windhoek (donde cerramos oficialmente el bucle del sur) y paramos en Okahandja. En la guía ponía que era un buen sitio para hacer un descanso: cerca de la carretera principal, con un buen mercado de artesanía, supermercado, una iglesia que visitar y una (trágica) historia relacionada con los Herero y los Nama.

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Iglesia de Okahandja

Lo primero que hicimos fue intentar encontrar el monumento de Blood Hill, pero ni estaba bien indicado en la guía, ni aparecía en el móvil ni la gente local tenía idea de dónde podía estar (¿curioso, no? Pues así es Namibia para estas cosas).

Por lo menos la búsqueda nos sirvió para toparnos con un curioso animal: un roedor llamado Damán de El Cabo (o Damán Roquero) que llega a medir 30 cm y pesar 4 kg.

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Un damán sale a saludarnos

Salieron a saludarnos de una pequeña cumbre rocosa y pudimos ver que, efectivamente, les gusta vivir en sociedad. ¡Había un montón!

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Total, que hicimos las compras pertinentes en el supermercado y fuimos a ver qué pinta tenía la iglesia, por eso de visitar algún “monumento” en el pueblo. Al llegar a la Church of Peace apareció una pareja de Austria que iban a visitar lo mismo. Hablando un poco de nuestros viajes nos preguntaron de repente y sin venir a cuento: “¿necesitáis una sartén?”. Curiosa pregunta, ¿no?

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¡Sigue el viaje de la sartén! ¿Quién la heredará después de nosotros?

Parece ser que una señora holandesa no necesitaba esa sartén y se la dio a estos chicos en un campsite en Lüderitz. Ahora, a punto de terminar su viaje por Namibia, ellos nos la pasaban a nosotros con el cometido de que alguien la herede antes de que nos marchemos. ¡Es como un Bookcrossing culinario! A ver si con algo de suerte encontramos a alguien que quiera recoger el testigo en los últimos días de nuestro paso por Namibia.

Por fin dispuestos a marchar, paramos un rato en el mercado de artesanía de la entrada del pueblo.

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Artesanía local

La verdad es que había cosas preciosas y muy interesantes, pero el simple hecho de que nada más bajar del coche un grupo de 5 o 6 personas nos acorralase para que fuésemos a sus puestos me agobió lo suficiente como para visitar el primero de ellos (el de Adriano), coger un par de cosas que me tenían buena pinta, y después seguir visitando a mi aire.

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Todos los puestos tienen algo único y distintivo, es un mercadillo pequeño pero muy interesante para quien le guste la artesanía. Y así, parando aquí y allá, todo ese tiempo extra que teníamos para llegar al Waterberg con calma y de día había desaparecido y una vez más íbamos a llegar ya con noche cerrada. ¡No tenemos remedio!

El Waterberg Plateau

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Atrás quedó el desierto…

Viniendo de Windhoek por la C1 hay que coger un desvío antes de llegar a Otjiwarongo. Se coge la carretera C22 hacia la derecha y después se continúa por la D2512 hacia el Plateu.

En este tramo, y antes de que oscureciese, tuvimos nuestro primer contacto con un nuevo animal. Lo primero que vimos fue la señal de tráfico advirtiendo de su posible presencia en la carretera. A simple vista parecía un jabalí…

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¡Quiero esa señal!

… pero cuando los vimos por los arcenes nos dimos cuenta de que era muy parecido a Pumba de El Rey León. Buscamos en la guía y descubrimos que su nombre es Facóquero Común (aunque acabamos llamándole por su nombre inglés: Warthog). Llega a pesar 100 kg (buenos jamones), es un habitual de las sabanas africanas y suelen aparecer en manadas.

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Warthog salvaje (aka Pumba)

Después de varios encuentros con estos animalillos y de perder el móvil en una cuneta y tener que volver a por él, llegamos al campsite a las ciento y mil de la noche.

Las instalaciones están bastante bien, justo al pie del Plateau (160 NAD por días y por persona y 130 NAD por día por parcela), aunque lo único que nos interesaba en ese momento era una buena ducha, cenar y descansar bien para la ruta de caminata del día siguiente.

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Isa y su genial despliegue culinario

Lo que no sabíamos era que la ruta se nos iba a hacer muy cuesta arriba (y no precisamente por el desnivel…)

Aseados, frescos y desayunados nos plantamos a las 8:30 en la subida al Plateau después de pagar el permiso en recepción a una trabajadora muy desagradable y que nos explicó  todo deprisa y corriendo sobre un mapa mega cutre. La entrada al parque cuesta 80 NAD por día y por persona y 10 NAD extra por día y por vehículo. De camino al punto de inicio nos encontramos con unos adorables warthogs (los Facóqueros de marras) que nos regalaron una estampa de naturaleza pura.

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Una vez más, en Namibia, la vida animal y salvaje está en todas partes y se puede manifestar en cualquier momento… ¡y de cualquier forma!

Dejamos el coche en el punto que nos habían señalado en el mapa y empezamos a seguir las indicaciones para subir, marcadas por pies blancos pintados en las rocas.

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Las vistas rápidamente se vuelven magníficas. ¡Y vinimos a Namibia con la palabra “desierto” inscrita con fuego en nuestro cerebro! La zona del Waterberg Plateau es una inmensidad verde abrumadora, de la que no se le llega a ver el fin.

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Continuamos un poco más cuesta arriba para llegar a lo alto de esta curiosa formación, que de alguna forma remota me recordó a Urbasa: una especie de plataforma que es prácticamente plana en lo alto y se levanta un par de cientos de metros de altitud sobre su entorno.

Por supuesto esto es inmenso en comparación con Urbasa, pero la idea es parecida. Las vistas desde lo alto son aún más espectaculares que mientras subíamos.

En el mirador principal nos encontramos con un sudafricano y su mujer alemana. A diferencia de la mayoría de la gente con la que estamos coincidiendo a éstos sí les apetecía conversar y pasamos un rato agradable hablando sobre Namibia con los acantilados del Plateau a nuestros pies.

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Vistas desde el mirador principal

La señora de información me había dicho que se necesitaban 45 minutos por lo menos para llegar a lo alto (y un chico holandés del camping me lo confirmó), pero es una subida bastante light. Llegamos en poco más de 25 minutos sin demasiado esfuerzo así que nos decidimos sin pensarlo a continuar la segunda parte de la caminata.

Según la de información (que claramente se la sudaba todo infinito no numerable) podíamos continuar por un sendero hacia el este durante un par de horas y después volver al campsite por otro sendero de bajada.

Pero no… ¡toda esa información era errónea!

La Ruta sin Fin… Y sin Principio

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Dejamos el mirador principal y empezamos a caminar. El sendero parecía bastante claro, más o menos limpio y señalizado por hitos cada cierto tiempo. Incluso nos encontramos con una familia de New York en un claro con unas piedras muy curiosas de color tirando a rojizo.

Hablamos un rato con ellos (nos comentaron el periplo de vuelos que tuvieron que pasar para llegar de New York a Namibia) y seguimos caminando. Si la de información creía que se podía hacer en 2 horas, nosotros lo haríamos como mucho en hora y pico.

Eso es lo que creíamos…

Poco a poco fuimos adentrándonos más y más en el Plateau, disfrutando de los bichos y las distintas perspectivas que cada unos de los claros que encontrábamos nos brindaban de los acantilados y el mar verde a los pies de este precioso y enorme montículo.

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Bichería del Waterberg

Pero mi cabeza matemática pronto empezó a trabajar, y los cálculos no salían. Según la estimación de tiempo, lo que llevábamos caminando a buen ritmo y lo que se podía ver hacia el este en alguno de los miradores improvisados en los que paramos, no había atisbo de posible bajada en las siguientes 2 o 3 horas.

¡La de información nos había mentido totalmente! Y para más inri llevábamos ya bastante rato sin ningún tipo de señalización, por lo que probablemente no existían ni el sendero ni la bajada de la que nos había hablado.

Dimos media vuelta para volver al mirador principal y bajar al punto de inicio donde teníamos el coche, pero la cosa se complicó.

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Nos resultó totalmente imposible encontrar la “senda” que habíamos seguido, ya que la señalización de los hitos se limitaba solo al primer kilómetro más o menos, así que lo único que podíamos hacer era valernos de nuestra orientación y suerte.

Y así dieron la 1 y las 2 de la tarde, y seguíamos sin encontrar el punto de bajada. De vez en cuando empezamos a oír el ruido de los búfalos de la zona cerca de nosotros, lo que no ayudó a la situación. ¡Teníamos que conseguir salir de allí antes de que se pusiese el sol a las 5 de la tarde!

Parte del problema fue que el acantilado no es rectilíneo, tiene un perfil similar a varios arcos de circunferencia unidos, por lo que no se puede tener una buena perspectiva de todo el acantilado desde ningún punto. Seguimos un camino de alguna manera “paralelo” al perfil del acantilado asomándonos en los puntos de tangencia (y es que así es como sonaba todo el plan para encontrar el camino de bajada en mi cabeza) para tener la mejor perspectiva de cada trozo del acantilado.

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¡Pero dónde está la bajada!

Y fue así como después de varias horas (casi a las 4 de la tarde) dimos con el mirador principal y las pisadas blancas pintadas en las piedras. ¡Ya está! Un buen susto que me hizo acordarme de la maldita y fatídica Ley de Murphy… Para una vez que no llevo el GPS de montaña encima voy y me pierdo. A partir de ahora siempre con pilas y en mi mochila.

Despedida del Waterberg Plateau

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Recuperados del susto anterior nos fuimos a ver qué pinta tenía la piscina del campsite. Está bastante bien, situada cerca del restaurante, pero ya era tarde y empezaba a hacer fresco, así que nos limitamos a relajarnos allí unos minutos observando a un warthog darse un tremendo banquete con los hierbajos de alrededor.

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Y es que era como una aspiradora. Con las patas delanteras flexionadas fue recorriendo todo el recinto pasando olímpicamente de nosotros hasta que se quedó saciado y se marchó.

También nos visitó un animal nuevo que aún no habíamos visto, un Steenbok (pequeño antílope que no supera los 50 cm de alto y llega a pesar unos 10 kg). Igual que el warthog no parecía demasiado asustado por nuestra presencia, se nota que son de la zona y están acostumbrados al tránsito de coches y personas.

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¿Es o no es una monada?

Como homenaje y para recuperar fuerzas cenamos en el restaurante del campsite. Desde que entramos nos sentimos trasladados a los años 50’, por la decoración y el estilo de construcción. Es bastante curioso y bonito, con precios razonables y buena comida.

Habíamos probado ya anteriormente la carne de Elan. Tocaba aventurarse con algo nuevo… ¡Filete de Oryx!

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A priori me dio un poco de reparo. Son unos animales tan estéticamente perfectos y habíamos tenido tantos encuentros con ellos en el viaje que me daba pena. Pena que desapareció después del primer mordisco: ¡delicioso! Carne muy tierna, jugosa y sabrosa. Un cierre de día perfecto.

Por la mañana nos levantamos nuevamente temprano, ¡mucho camino por delante hasta Caprivi!. Tomamos la C42 hacia Grootfontein y durante los primeros kilómetros fuimos viajando con el Plateu a nuestra izquierda y, de vez en cuando, algún que otro animal que se asomaba a la carretera a saludarnos.

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Termitero tamaño King Size

Menos mal que dimos vuelta ayer… ¡El Plateau es aún más inmenso de lo que creíamos! Podríamos haber pasado 3 días caminando entre las rocas, árboles y arbustos sin llegar al final.

Lección aprendida: no podemos fiarnos mucho de la información que nos da aquí la gente. Ahora nos dirigimos al Caprivi, esa curiosa porción de territorio que pertenece a Namibia pero que es una extraña y estrecha franja entre Angola y Bostwana.

¡Empieza la fase de los Safaris!

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