Perú 2019 – Etapa 3 – Lago Titicaca: Vida en las Alturas

Un mar lleno de cultura, tradición, vida y naturaleza. El entorno del Lago Titicaca ofrece múltiples experiencias para disfrutar del lago navegable más alto del mundo.

¿Por Qué es Tan Famoso el Lago Titicaca?

Dejando atrás el nombre que a todos nos ha hecho gracia en algún momento, el Lago Titicaca es importante por ser el lago navegable más alto del mundo (con sus 284 metros de profundidad media, 8300 kilómetros cuadrados de superficie y una altitud de 3827 metros sobre el nivel del mar), por la curiosa frontera que delimita entre Perú y Bolivia y por las comunidades que viven en sus islas.

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Cada isla tiene su vestimenta tradicional (en la foto Amantaní)

El nombre viene del Quechua y significa “Puma de las Rocas” o “Gato Salvaje de las Rocas”. En 1978 se estableció como Reserva Nacional para proteger los cientos de aves, 25 especies nativas de peces y 15 de anfibios.

Sus habitantes descienden de dos grupos étnicos andinos muy antiguos (los Aymara y los Quechua) y se cree que la región fue pionera en perfeccionar el cultivo de plantas tan importantes como la patata, el tomate y el pimiento.

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La vida en las islas es muy tranquila con el lago siemre presente

Aproximadamente el 55% del lago pertenece a Perú y el 45% restante a Bolivia, con una curiosa línea recta imaginaria que traza la frontera.

En la parte Peruana lo más reconocible es la ciudad de Puno, que es el asentamiento más grande del lago, y las Islas Uros, la Isla Amantaní y la Isla Taquile.


Nuestro Viaje De Colca a Titicaca

Para acceder al Lago Titicaca desde Perú lo normal es llegar a la no demasiado encantadora ciudad de Puno, justo a la orilla del lago. Se puede llegar en avión desde un puñado de destinos locales, pero la mayoría de los viajeros llegan en autobús desde Arequipa, Colca o Cusco.

Nosotros habíamos pasado dos días maravillosos en el Cañón del Colca y arreglamos desde allí un transporte pseudo-privado (las compañías habituales no cubren ese trayecto) desde Chivay, la ciudadilla situada en el nacimiento del cañón, hasta Puno por 99 soles cada uno.

Tras salir de Cabanaconde y relajarnos en los Baños de la Calera, llegamos a Chivay con tiempo como para comer algo en la Plaza de Armas. Yo opté por una sabrosísima pizza de carne de Alpaca que me dio energía para todo el viaje.

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¡Ñam ñam!

El autobús de la compañía My Tour Perú salió más o menos en hora. Era bastante cómodo (sobre todo comparado con el de la compañía Milagros que nos llevó desde Arequipa a Cabanaconde) y llegó muy puntual a Puno.

Por el camino los paisajes fueron espectaculares y teníamos además un guía que nos iba explicando lo que veíamos.

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Dejamos atrás Chivay y subimos por encima de los 4000 msnm

Desde que dejamos Chivay, empezamos a subir y a subir hasta que llegamos a la zona del Altiplano y, posteriormente, coronamos la cima de la ruta pasando por los 4800 metros de altitud.

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Alpaca en uno de los altos que hicimos en el camino

De las tres “paradas turísticas” que hicimos la que más me impresionó fue la de La Lagunilla, un lago a 4400 metros de altura con colorido y formas alucinantes.

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Cuando llegamos a Puno justo empezó a llover con intensidad, así que cogimos rápidamente un taxi que nos llevó al alojamiento que teníamos para esa noche: Olimpo Inn (80 soles la habitación triple con desayuno).


Puno y el Tour de Titicaca

En Puno solo pasamos realmente dos tardes. El día que llegamos (sobre las 20.00h) descargamos las cosas en el hotel y nos aprovechamos de la amabilidad extrema y sabiduría de Rosa, la chica de recepción, para organizarnos las ideas

Ella nos explicó cómo organizar la visita al lago y nos expuso muy bien las ventajas e inconvenientes de hacerlo por nuestra cuenta o en un tour más o menos organizado.

Tanto por logísitica como por economía, ganó por goleada la opción de hacerlo en un tour. Optamos por la opción de dos días con una noche en la Isla de Amantaní, visitando las Islas Uros y la Isla de Taquile.

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Mujeres artesanas en Uros

Todo eso nos salía por 110 soles a cada uno e incluía el transporte, 4 comidas, el guía, el alojamiento con una familia local y la entrada a cada una de las islas.

¡Realmente era baratísimo! Si fuésemos por nuestra cuenta, ya solo el transporte y la entrada a las islas costaría casi la misma suma, así que no tuvimos ninguna duda. Nos fiamos de Rosa y reservamos el tour que nos ofrecía.

La experiencia fue realmente buena en general. Había algún punto mejorable, pero creo que compensa realmente hace la visita completa (y, si se tiene tiempo, incluso ampliarla un día más).

Puede parecer que todo es un show preparado, pero realmente en Amantaní y Taquile lo que se ve es bastante auténtico. En Uros es otro cantar, parece un teatrillo amañado, pero no deja de ser una visita interesante.

En el caso de las familias de Amantaní que acogen a visitantes, van rotando cada semana. Hay 10 comunidades en la isla y cada semana todas las familias que acogen son de la misma comunidad. Cuando termina esa semana, otra comunidad coge el relevo y así se van rotando continuamente, por lo que no viven exclusivamente de este tipo de turismo, simplemente supone una ayuda económica.

Nosotros volvimos muy contentos. Fue una experiencia bonita, entrañable y muy interesante.

Con respecto a Puno, es una ciudad de unos 130.000 habitantes algo feúcha, auque en la zona vieja hay un par de plazas y calles arregladas y con bastante vidilla.

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Centro de Puno

Lo más interesante de la ciudad fue encontrarnos con un algunas manifestaciones-protesta por la situación política que está viviendo el país y que viene heredada de los últimos presidentes.

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Protesta en Puno

La gente está cansada, con mucho descontento y harta de la corrupción y las mentiras. Por lo demás, creo que Puno no tiene mucha chicha. Es un núcleo útil para coger transportes a otros puntos del país y acceder al corazón del Lago Titicaca, pero nada más.

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Carteles de descontento absoluto

Comienza el Tour: Islas Uros

Nos recogieron en el hotel a las 8 de la mañana en una furgoneta estilo combi pero mucho más cómodo y nos llevaron al embarcadero donde nos unimos a otras personas para completa el grupo. En total éramos 23 y nuestro guía, José Carlos, nos indicó cuál era nuestro barco.

El primer destino del día era una parada turísitica total: Las Islas Uros.

Por el camino José Carlos nos fue introduciendo la historia de las islas y el estilo de vida que han tenido y que tienen hoy en día (aunque una vez allí todo pareció algo dudoso…).

El trayecto fue corto, y desde el exterior del barco había unas vistas muy bonitas de esa parte del lago.: ¡Parecía que íbamos navegando por una autopista natural de juncos! Muy bonito.

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Al cabo de 45 minutos llegamos a nuestra parada: una de las decenas de islas flotantes que, supuestamente, está habitada por dos o tres familias.

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Islas Uros

Nos recibió Mario, el alcalde o gobernador de la isla con los demás habitantes. Nos explicaron cómo se construyen (están hechas de capas de adobe y de juncos de totora) y cómo es la vida diaria en la isla, además de mostrarnos la artesanía que hacen.

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Si alguien ha visto “El hombre de Mimbre” se estremecerá al ver esta foto

Fue una visita curiosa, pero no pudimos evitar pensar que la situación era algo artificial (como la propia isla, vamos). Aún así, como en algún momento sí que fue una forma y estilo de vida 100%, el paso por Uros fue más interesante que decepcionante.

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Casitas de Uros

Antes de seguir el circuito paramos en otra isla de Uros, la más grande probablemente, que sí que era como un puro mercadillo de la feria grande del pueblo: bar, un montón de puestos de artesanía, letras grandes con el nombre del lago para hacerse fotos selfie-hashtag, etc.

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Llegamos a lo Auténtico: Isla Amantaní

El trayecto desde los Uros a Amantaní fue bastante más largo (unas 2 horas aproximadamente), pero tanto las vistas como la sensación de estar navegando por un lago a 4000 metros de altitud que parecía un mar o incluso un océano compensaron la espera.

Pronto pudimos ver al fondo, en la lejanía, la silueta de la Isla Taquile, la que íbamos a visitar al día siguiente.

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Isla Taquile

A pesar de tener forma alargada o de lágrima (algo parecido a la Isla de la Palma de las Canarias) desde nuestra posición parecía una pirámide natural perfecta.

Pero antes de Taquile aún teníamos muchas experiencias que vivir en Amantaní, que es la isla que mejor ha conseguido preservar su identidad cultural.

Su silueta apareció ante nosotros mostrándonos sus dos pequeñas colinas que dominan la isla y también las tradiciones de sus habitantes.

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Isla Amantaní

En una de ellas está el Templo de Pachamama (Madre Tierra) y en la otra el Templo de Pachatata (Padre Tierra) y ambas rondan los 4100 metros de altitud, por lo que hay que hacer una pequeña ruta para llegar a lo alto. No tienen ninguna complicación, pero quien no esté acostumbrado a esas altitudes debe tomárselo con calma porque se nota el tema del oxígeno.

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Cuando llegamos al puerto aparecieron las familias que nos iban a acoger vestidos con sus trajes típicos. En el tiempo que pasamos en la isla entendimos que no era un teatro, realmente visten siempre así en su día a día; es una de sus costumbres más arraigadas.

A nosotros nos tocó la familia formada por Felícitas y Sebastián. Fue ella la que vino a buscarnos y rápidamente nos guío colina arriba para llevarnos a su casa.

Ella iba como si nada, caminando por la pendiente a la vez que le daba a la rueca como si tuviese un motor a propulsión (¡lo que es la costumbre!).

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¡Felícitas a tope!

La casa estaba mucho mejor de lo que esperábamos: tenía un patio interior muy cuco con acceso a un baño exterior, la cocina, la zona de casa de Felícitas y Sebastián y también al segundo piso donde estaba nuestra habitación.

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Vistas desde la casa de Felícitas

Era muy grande y realmente cómoda a pesar de lo rústico de las camas, que tenían unas cuantas mantas de lana verdadera que nos permitieron dormir calentitos a pesar del viento y el frió que se levantó por la tarde-noche.

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Nuestra habitación

Una vez instalados, bajamos a la cocina para comer con nuestros anfitriones que, como todo el mundo en la isla, se alimentan casi exclusivamente de verduras.

Lo que Felícitas nos preparó estaba delicioso: sopa de quinoa con un montón de verduras y un plato de arroz, patata, queso y unos tubérculos muy curiosos.

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¡Y prácticamente todo salido de la huerta de la propia casa! Nos sentó de cine y nos dio la energía que necesitábamos para la ruta de la tarde.

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Y es que el objetivo era coronar la colina en la que está el Templo de Pachatata antes de la puesta de sol. El desnivel desde casa de Felícitas debía de ser de 200 metros como mucho, pero se levantó un viento tan frío que nos obligó a ponernos todas las capas que llevábamos encima.

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Subida a Pachatata

Poco a poco fuimos subiendo acompañados de la gente de nuestro grupo y de otros tours que estaban en la isla.

Por el camino volvió a aparecer el sol, iluminando la costa de la isla y el azul intenso del agua del Titicaca, pero la sensación térmica seguía siendo… intensamente fría.

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Una vez arriba, dimos tres vueltas al templo (al que solo se puede acceder la semana del solsticio de junio) en sentido contrario a las agujas del reloj ya que según la creencia local trae buena suerte y prosperidad.

Sea cierto o no, valió la pena subir hasta ahí arriba. Coincidió que la pared del muro del templo que resguardaba del viento era la misma que daba la mejor vista para la puesta de sol.

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¡Menos mal! Porque si no nos íbamos a quedar tiesos ahí arriba sin movernos esperando a que el susodicho bajase…

Un atardecer muy bonito para un día muy completo.

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Puesta de sol a casi 4100 metros de altitud

Cuando lo creímos oportuno iniciamos el descenso. Teníamos algo de frío y sabíamos que nos estaba esperando una estupenda cena de la genial Felícitas.

Llegamos a la casa aún cuando había luz y descansamos un rato en la habitación hasta las 7, que era la hora a la que estaba programada la cena: esta vez nos tocó otra sopa deliciosa con un plato de pasta.

Para finalizar, tomamos una infusión de muña, una planta típica de la zona con un olor riquísimo y que es muy buena para las digestiones y no sé cuántas cosas más.

Yo no soy nada de infusiones, ni de tés ni de cafés, pero estaba rica.

Fue entonces cuando tuvimos que decidir si nos sumábamos al plan de la noche o nos quedábamos descansando.

La verdad es que el tener que caminar 20 minutos de noche y con ese frío (cerca de los 0 grados) nos echaba para atrás, pero ya que estábamos allí… vimos claro que teníamos que ir.

La cita en cuestión era una fiesta donde nos íbamos a juntar toda la gente alojada en la comunidad con nuestros anfitriones, y todos vestidos con ropa tradicional. Sonaba divertido.

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Música típica en directo

Felícitas y Sebastián nos trajeron los ropajes que pusimos por encima de las capas térmicas que ya teníamos encima pensando que nos iban a hacer falta, pero… se nota cuando la ropa es “de verdad”, porque al menos el poncho y el gorro que me dejó Sebastián daban un calor que parecía una central térmica.

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Con Felícitas

Tras 20 minutos de senderos retorcidos, llegamos al gran salón de la sociedad donde iba a ser la fiesta. Mucha gente ya estaba allí, así que nos sentamos donde nos mandó Felícitas y esperamos a que llegase la banda local que iba a amenizar la juntanza.

Lo pasamos muy bien. Se formó un ambiente muy agradable y nos unimos a los locales en sus incesantes y enérgicos bailoteos mientras la banda tocaba canciones populares y locales.

No tardamos nada en sentir que nos sobraba la mitad de las capas de ropa que llevábamos, pero bueno, qué le íbamos a hacer… ¡Pusimos todo de nuestra parte!

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Multiculturalidad en Amantaní

Cuando la cosa llegaba a su fin pusimos rumbo a casa guiados por Felícitas y su pequeña linterna. Poco antes de llegar empezó a llover ligeramente, lo que de madrugada se convertiría en una buena tormenta, así que nos pusimos muy contentos al meternos bajo las mantas de nuestra habitación y dejarnos llevar por el sueño acumulado de una jornada entrañable pero muy movidita.

Los Expertos Tejedores: Isla Taquile

Nos levantamos a las 6 de la mañana aliviados por el cese de la lluvia que habíamos oído por la noche. ¡Pero qué bien se estaba bajo esas mantas mientras llovía y soplaba el viento gélido en el exterior!

Desayunamos con Felícitas y Sebastián y nos despedimos de ellos agradeciéndoles enormemente que nos hubiesen acogido, porque la verdad fue una experiencia auténtica al 100%.

Bajamos al embarcadero para coger el barco junto a nuestros compañeros de viaje a las 7:15. Algunos no habían tenido tanta suerte como nosotros: alguna fiebre, males de altura, mareos… ¡Buf! Qué bien que estábamos bastante enteros para disfrutar de la segunda isla.

El trayecto de Amantaní a Taquile duró algo menos de una hora. Por el camino el cielo fue abriéndose poco a poco hasta llegar a ser casi completamente azul durante nuestra visita a la segunda isla natural de la parte peruana del Lago Titicaca.

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Un lago que parece un océano…

Taquile lleva habitada 10.000 años. Los Pukara la ocupaban hace 3000 años y, posteriormente, los Aymara hasta la llegada de los Incas (que no duró mucho porque los españoles les sucedieron rápidamente).

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Llegando a Taquile

En la actualidad, la isla sigue siendo principalmente tradicional: las ropas son diferentes a las de Amantaní (nos parecieron más “españolas” de alguna manera…) y la población es famosa por ser expertos con las telas y la lana de alpaca.

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Faja de hombre típica de Taquile

Nosotros llegamos por el puerto más cercano en línea recta a Amantaní. Después de desembarcar, empezamos un camino cuesta arriba en suave pendiente hacia la Plaza Mayor.

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La agricultura es básica para la supervivencia en la isla

Por el camino fuimos pasando junto a las casas de la gente local y disfrutamos de vistas perfectas del lago y de la isla que nos había acogido el día anterior.

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Amantí tan cerca… ¡y tan lejos!

Una vez en la plaza, visitamos de forma independiente algunos de los talleres de tejido y costura de la gente de la isla.

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Plaza principal de Taquile

La verdad es que tenían cosas preciosas y los tres acabamos picando y comprando algo que, seguramente, será como la ropa de antes que dura para toda la vida.

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A este señor le compré una bufanda de alpaca preciosa

Desde la plaza hay unas vistas muy buenas de la propia isla gracias a lo elevada que está. Pasamos allí un buen rato de relax en el corazón de Taquile.

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Vistas del lago desde la plaza

Cuando llegó el momento, José Carlos nos llevó a todos a un restaurante local donde teníamos reservada la comida. Allí esperamos impacientemente por un delicioso plato de la famosa trucha del Titicaca, que superó con creces nuestras expectativas: ¡pero qué buena estaba y qué bien sentaba!

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Im-presionante

El momento de la comida fue muy ameno porque por fin tuvimos tiempo de sentarnos todo el grupo entero y hacer un poco de conversación general y de ver de dónde venía cada uno.

Lo pasé muy bien ese rato, y al estar acompañado de semejante comida y unas vistas estupendas…. ¡pues lujo total!

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Nuestro paso por las islas del Lago Titicaca llegaba a su fin tras la comida, así que nos pusimos en camino para llegar a otro de los puertos de Taquile donde nos estaba esperando el barco.

Menos mal que este segundo puerto era el de salida y por lo tanto el camino era de bajada, porque… ¡la ruta era considerablemente más empinada que la de la mañana!

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Bajando al embarcadero

Con algo de pena llegamos a la zona de embarcar, pero aún pudimos sentarnos un rato a conversar y despedirnos de la isla antes de partir.

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El camino de vuelta (que llevó 2 horas y media) lo pasé casi por completo en la cubierta del barco, disfrutando de las vistas y de la compañía.

Allí estuve de cháchara continua con Sofía (una chica de Zaragoza), un chico de Marruecos, una francesa, un chico de Holanda y su pareja de Colombia y una familia de Lima.

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Entre risas y anécdotas se nos hizo mucho más corto el camino y al llegar a Puno nos despedimos ya que cada uno seguía un camino diferente.

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El grupo de la cubierta

En nuestro caso, volvimos al Hotel Olimpo Inn donde habíamos dejado nuestras cosas en una habitación. Nos hicieron un “precio especial” para dejar las mochilas en la habitación y poder usarla hasta las 21.00 de ese día, para así poder descansar y ducharnos después de nuestro paso por el Tour de las Islas.

Además de un trato exquisito, el hotel era cómodo, limpio y económico. Vamos, un chollazo.

Dimos un paseo por Puno para cenar algo y hacer algo de tiempo hasta la hora del autobús a Cusco y, cuando llegó la hora, volvimos a por las mochilas y nos fuimos en taxi a la Terminal Terrestre.

¡Llegaba el momento de viajar al epicentro de cualquier primer viaje a Perú: Cusco, los Incas… y el Machu Picchu!

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